180 Grados

  Me levanté temprano, era sábado y mi pensamiento fue de aprovechar al máximo el día. Con el primer café, iba cambiando mi actitud:

 –  UFFFF!!!!! ¡qué día tan malo!, no salgo.

  Con el segundo café, decidí quedarme en casa otro sábado más.  Así eran últimamente mis fines de semana, así era mi actitud cada vez más difícil de cambiar.   Pasaban los días, las semanas, los meses, y mi rutina cada vez era más fija. Sin darme cuenta pasaron los años, centrada en mi trabajo y poco más.   Un sábado, por el mes de abril, sucedió algo que me hizo darme cuenta de lo que era, de darme cuenta de mi vida, de mis arrugas, de mis canas…

  Ese día me levanté igual, la misma rutina. Cuando fui al baño me tropecé con una baldosa que llevaba años rota, al caer, choqué contra el lavabo y el espejo cayó frente a mí, quedando en añicos, sólo se salvó un trozo, el cual quedó a la altura de mi cara.   Me quedé mirando fijamente durante varios minutos a esa mujer. Tuve la sensación que no sabía quien era, pues todos los días me miraba al espejo, pero no me veía.   Noté el paso de los años, durante esos minutos, pasaron por mi mente infinitas imágenes de años atrás, años donde mis sueños e ilusiones eran lo más importante.   El café de esa mañana no me supo igual. Mi cabeza no paraba de hacerme preguntas: ¿Por qué no cambias de actitud?, ¿Dónde están esos sueños e ilusiones? El miedo me paralizó, creo que fue el café más largo de mi vida.   Me había centrado tanto en mi trabajo que había abandonado otras partes de mi vida importantes.

  No sé si fue ese acontecimiento u otro, pero con mucho miedo y desconfianza empecé hacer pequeños cambios. Todos los días me propuse un reto, retos que sabía que podía conseguir con un pequeño esfuerzo.  El primer día de reto activé la empatía, me paré hablar con cada persona que se cruzó en mi camino, las escuché, las sentí… esa noche al llegar casa me noté más libre.   El segundo día decidí poner en práctica la empatía y añadí la asertividad. Día a día se iban produciendo cambios en mí que no me daba ni cuenta. Iba incorporando a mi vida cotidiana retos un poco locos, que hacían que mi cerebro estuviera activo: tomaba el café en otro sitio de la casa, me duchaba a distinta hora… Comencé a fijar objetivos, a visualizar lo que realmente me ilusionaba y sobre todo utilicé la autocrítica. Aparté esas emociones con las cuales había aprendido a convivir y que hacían que viviera lejos de la realidad, la frustración, la ansiedad, los celos…

  Con el paso de los meses me empecé a dar cuenta que no solo destacaba en mi trabajo sino otras parcelas de mi vida por mí abandonadas.  No era tan mayor como para no seguir aprendiendo, como para no seguir disfrutando, podía sentir, podía volver a enamorarme…  Ya no seguía una rutina, vivía ese día como el único. Me volví más asertiva y analicé mi empatía. Ponía en práctica día a día lo que iba aprendiendo, no me dejaba llevar por la apatía.  No solo crecí profesionalmente, sino que volvieron a mí personas que olvidé y que eran importantes.  El miedo y la desconfianza dejaron terreno a otras emociones, dejaron la puerta abierta a los sentimientos. Descubrí el amor, uno de los sentimientos más puros y locos que hay.  Mi vida ya no giraba en torno a mí, sino que yo giraba con la vida.

Me monté en el tiovivo de las emociones y con cada una de ellas recorrí la vida.

María del Carmen del Valle. 03/2021