MIEDO

Aún no han pasado dos años desde que empecé una de las etapas más intensas, y a la vez más importantes de mi vida. Aunque parezca mentira, el empezar a trabajar para mí ha sido el motivo por el cual mi vida, mi personalidad y mi forma de ver la realidad han cambiado por completo.  Imaginaos que navegáis en un crucero por el mar, tranquilos, disfrutando del buen tiempo, del sol y de la calma que producen el sonido de las olas. De pronto aparece, a lo lejos, una pequeña nube. Una de esas que los niños pintan en sus dibujos de color blanco, inofensiva, incluso me atrevería a decir que también resulta relajante contemplarla. No le dais importancia, y seguís disfrutando del viaje y de las vistas. Aparece alguna nube más. No llueve, no hace frío, no cambia la temperatura, pero el cielo pasa de estar azul a adoptar un color blanquecino. Y de pronto, al mirar hacia arriba, ves que está nublado. ¿Has sentido frío? ¿Ha cambiado en algo lo que estabas haciendo? Ni te has dado cuenta, y has seguido disfrutando igual, solo que ahora no hay sol, solo nubes. Eso es exactamente lo que he sentido a lo largo de este tiempo.

Cambios imperceptibles a simple vista, dentro y fuera del trabajo. Un día puede que te apetezca cambiar la decoración de tu casa. Quizá otro te afecte tanto anímicamente que acabes llorando con la historia de un libro. Pero ahí estás, evolucionando, madurando. Sintiendo que nada está cambiando a tu alrededor, aunque en realidad lo estés cambiando todo. Supongo que todos nos hemos encontrado alguna vez en un momento así. Una época en la que lo más parecido a la vida, si tuviera que hacer una comparación, es el viaje en una montaña rusa de un parque de atracciones. Unas veces tan arriba, que no te das cuenta de la altura que hay justo por debajo; otras, tan abajo, que no crees que vuelva a llegar la hora de ir hacia arriba.

Y, ¿por qué no? Hablemos del miedo. Esa emoción, tan básica como nuestras más profundas raíces, que a menudo nos hace escondernos en un rincón, intentando parecer invisibles ante el resto de la gente. Esa sensación similar al vértigo que se agarra a nuestro estómago y nos dificulta todo. Y sí, digo nos dificulta, porque el miedo no debe vencernos nunca, ni nosotros dejarnos vencer por él.

Yo no quiero dejar de tener miedo: quiero saber actuar con él junto a mí. Quiero que, cada vez que algo me produzca una sensación de pánico, mi mente diga “no lo dudes, hazlo”. Y lo haga. Me equivoque o no, pero no quiero tener miedo de elegir, de decidir, de actuar. Creo que el miedo es algo innato en nosotros, algo inevitable por lo que tenemos que pasar todos en algún momento de nuestra vida. Y, por desgracia, hay gente a la que el miedo le condiciona tanto en sus vidas que, al final, las decisiones que toman acaban por ser imposiciones de su propia mente sin valorar todas las opciones que se les plantean.

El otro día escuché que “no hay emociones negativas”. Y creo que esa es una frase que va cargada de razón. Lo negativo de una emoción son los condicionantes que nosotros mismos autoimponemos a nuestra mente cuando las cosas van demasiado bien. Ese espíritu humano de “recelo” que nos hace pensar que no todo puede ser algo feliz, alegre y bueno. Que nos hace desconfiar de nuestros propios actos, y de los actos de los demás, hasta acabar sacando un fallo, por mínimo que sea. Aunque no sea real, aunque solo sea una excusa para dejar que nuestro cerebro piense que no todo puede salir tan bien. Que no todo puede ser bueno.

Quiero que, si de verdad este post sirve para algo, todo el que lea lo que estoy escribiendo decida enfrentarse al miedo. Y no plantarle cara, sino caminar con él de la mano. Quiero que este curso sirva para que las personas que estamos aquí afrontemos y valoremos nuestras vidas, nuestros momentos y nuestros recuerdos. Por mucho miedo que produzcan.

Porque no hay nada más valiente que vivir con miedo.

 

¡Gracias por tu tiempo!

Elena Valero 03/21