La Mochila Invisible

Ethereal silhouette of a person with blurred hands and arms, creating a mysterious and artistic ambiance.

Por: Eva Guerrero Anzar (México)

Como seres humanos a diario nos enfrentamos con numerosas decisiones, que van desde las más triviales como la elección de vestimenta hasta la manera en que interactuamos con un cliente o la dirección que tomará nuestra carrera profesional. Sin darnos cuenta, detrás de cada elección por sencilla que parezca llevamos una mochila llena de de emociones, creencias y temores que tienen mucho peso. Llevamos con nosotros en cada una de nuestras decisiones: «la pesada mochila invisible». 

Con más de 15 años como consultora de empresas, he observado como hasta los más experimentados líderes pueden tropezar en el proceso de toma de decisiones. Claro que esto no es por falta de liderazgo, preparación académica o habilidades blandas, sino que no logran identificar y manejar sus propias emociones. Es común darnos cuenta cómo les resulta difícil hasta imposible admitir que están cansados, que tienen dudas o que sienten mucha presión de decepcionar a los demás. Cuando no se identifican y se manejan adecuadamente estas emociones, la toma de decisiones tienden a ser más reactivas, impulsivas o simplemente se posterga de manera indefinida. 

Dentro de esa gran mochila invisible que llevamos cargando, van cuatro grandes obstáculos que impactan negativamente nuestra capacidad de decidir: la Incertidumbre, las suposiciones, las creencias limitantes y el miedo a equivocarnos. 

La incertidumbre puede paralizarnos, ya que queremos conocer todas las respuestas antes de actuar. 

La suposición, nos hace crear historias sin evidencia, interpretando lo que sucede a través de nuestras emociones o nuestra historia mal contada. 

Las creencias limitantes, es esa vocecita que consciente o inconscientemente nos repite afirmaciones como “no soy suficientemente buena” o “no puedo fallarles”, que solo distorsionan nuestra percepción. 

El miedo a cometer errores nos atrapa en la incertidumbre, nos paraliza y olvidamos que todo es un proceso de aprendizaje.

Y entonces, ¿cómo tomamos decisiones de manera efectiva?, ¿Cómo descargamos la mochila invisible?.

La neurociencia nos ofrece una perspectiva fascinante: nuestro cerebro evalúa o intuye. 

Por un lado están las decisiones racionales o utilitarias, que buscan maximizar el bienestar común, limitan opciones y están fundamentadas en principios morales o lógicos. Aquellas elecciones donde analizamos pros y contras, considerando los posibles resultados. Y del lado contrario, están las decisiones viscerales o emocionales, que están marcadas fuertemente por sensaciones, valores personales y experiencias. En su mayoría son decisiones impulsivas y en situaciones extremas. 

Las emociones suelen ser nuestra brújula, guiándonos hacia lo que valoramos, lo que tememos, o lo que preferimos evitar. Sin embargo, cuando la mochila invisible se vuelve demasiado pesada, la brújula puede ofrecernos desviaciones en las direcciones.  

Hace varios años conocí a Ana Lucia, una joven y talentosa directora de ventas con la que trabajé durante un proceso de consultoría. Era una líder competente y muy dedicada, pero se encontraba agotada. Siempre me compartía que llevaba consigo las preocupaciones de su equipo, las expectativas de su jefe, relaciones personales complicadas y la presión de lograr las metas y no defraudar a nadie. Normalmente sus elecciones eran impulsada más por la culpa que por la claridad. Decidía desde el temor a decepcionar , en lugar de actuar desde una convicción. 

Si ahora tuviera la oportunidad de guiar a Ana Lucia, la guiaría en un trabajo emocional, que le permitiera aprender a identificar lo que puede controlar y lo que está fuera de sus manos. Le hablaría sobre la dicotomía del control. Podría mostrarle como tiene la capacidad de asumir la responsabilidad de su actitud, la manera en la que se comunica y de establecer límites; pero que no puede influir en las reacciones o emociones de los demás. Sin duda, al desprenderse de esa carga, su manera de tomar decisiones cambiaría radicalmente, Se convertiría en una persona más asertiva, más empática y más ligera. 

Estoy convencida que liberarnos de esa pesada mochila invisible no significa que dejemos de sentir. Significa que podemos reconocer nuestras emociones y utilizarlas a nuestro favor. Implica dejar el control y renunciar a lo que no nos pertenece: las expectativas de otros, los miedos que hemos heredado y las creencias que no nos dejan avanzar. 

Cada decisión que tomamos es un ejercicio de autoconocimiento. Tomar decisiones que creemos acertadas no se trata de suprimir emociones, sino de combinarlas con la razón. Cuando alcanzamos ese equilibrio, dejamos que sea la duda quien nos guíe y nos transformamos en líderes conscientes: capaces de actuar con claridad, propósito y humanidad. Sólo liberarnos de esa carga, nos hace caminar más ligero y avanzar en lo que realmente tiene importancia. 

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